APUNTES SOBRE LA VIDA MILITAR DE FRANCISCO VILLA
La Revolución Mexicana, sin el general Francisco
Villa, no se puede entender como el proceso social que vislumbró la esperanza
de forjar un país mejor, más equitativo y menos lacerante, como el que estamos
viviendo actualmente. Por ello, entre las figuras que han desmenuzado la
trayectoria vital y militar del Centauro del Norte, destaca la escritora,
bailarina y coreógrafa Nellie Campobello, de quien hemos elegido el siguiente fragmento
que aparece en su: “Obra Reunida”, volumen en el que se incluye “Apuntes
sobre la vida militar de Francisco Villa”

“Conviene aclarar que habiendo nacido yo en tiempo de la Revolución, no pude conocer al general don Francisco Villa y menos aún darme cuenta de su vida. Quien me habló de él por primera vez fue su viuda, la señora Austreberta Rentería de Villa. Ella me ha hecho conocerlo tanto en lo físico como en lo moral. Y me permitió leer el archivo de su difunto esposo, siendo allí donde me pude dar cuenta de las andanzas del guerrero.
He ido a conocer varios lugares donde se dieron algunas de las batallas. Mi deseo era saberlo todo –imposible deseo-La verdad de sus batallas es la verdad de su vida.

Al acercarme a través de la historia a los hechos de armas de los grandes generales del mundo, encuentro situado a Francisco Villa como el único genio guerrero de su tiempo, uno de los más grandes de la historia; el mejor de América y después de Gengis Kan, el más grande guerrero que ha existido.

Hago constar que este Francisco Villa nada tiene que ver con el protagonista de tantas historias falsas y leyendas ridículas.
La persona a la que se refieren estos apuntes tuvo una vida ejemplar como soldado. Dio batallas gloriosas las más y las mejores habidas en México. Hizo innovaciones prácticas de la caballería en batalla y le dio nuevas formas a la infantería, enriqueciendo los recursos de la guerra.
De dónde surge el hombre de guerra

Leva. Cuerda. La Acordada. El Chaco. Los hombres de los poblados huían al oír estos nombres y la Acordada se iba detrás de ellos. Villa sabía esto y otras cosas más, por eso a los diecisiete años pagaba con su sangre el haber nacido fuerte y rebelde. El monte fue su refugio: sus amigos, otros hombres jóvenes que huían por la misma causa. Entre ellos estaban José Beltrán, Rosendo Gallardo, Sabás Martínez y otros cuyos nombres se oscurecen allá lejos en las arrugas de la sierra donde los lobos aúllan. Su rebeldía era clara y limpia; las aves también la sienten cuando la mano del hombre las aprisiona. Ellos la demostraban con el rifle en la mano, en momentos en que las gentes de ideas, los intelectuales, los escritores, no podían hablar, ni estar unificados, como sucedió después.

Aquellos pequeños grupos peleaban por acabar con las injusticias que cometían las autoridades en los pobres de las rancherías. Mataban rurales, asustaban a los jefes políticos y a los ricos. Robaban animales sin dueño, el ganado salvaje nacido allí, perteneciente a quien primero lo tomaba. De estas mismas manadas se surtían los Terrazas, los Creel y demás ricos privilegiados que sólo cumplían con el requisito de estamparles el fierro de la familia.
Así vivían y así comían: todo en defensa propia, como los rebeldes de cualquier época. Bandidos los llamaban los hombres del Gobierno, así se moteja a cuantos luchan contra una dictadura.

La calumnia contra Francisco Villa ha cundido. Su vida solitaria y miserable, de constante rebeldía, ha sido tema de las mentes inquietas que insisten en explicar lo inexplicable para el mismo Villa. Villa huyó por ese miedo que todos los jóvenes pobres tuvieron a la leva. Después era imposible regresar. La vida de los hombres contrae compromisos que sólo ellos entienden y resuelven, compromisos incomprensibles como la vida misma, que son porque la vida es.
En 1910 Francisco Villa continuó su rebeldía en las ciudades. Vino sonriente, con la seguridad que sólo tienen las gentes que han sufrido. México presentaba el aspecto de una cárcel: sus hijos estaban encadenados. Los hombres que gobernaban eran fuertes. Villa, siguiendo a Francisco I. Madero, supo que con palabras y manifiestos nada se haría, porque el pueblo no sabía leer, los esclavos ignoraban la palabra libertad. Los mineros sabían que sus pulmones se les salían por la boca, que sus piernas se les encogían por el reuma, que sus hijos tenían las canillas flacas y los ojos pelones, sabían muchas cosas tristes.