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Hoy que cumplo 70 años me siento como si tuviera 90, quizá por eso me detengo y volteo a ver mi camino, pensé: “Pues ya, el final debe andar cerca”. ¿Y ahora qué? 


Muchas cosas en las que creí con toda el alma no eran más que ilusiones bonitas.

¿Los hijos? Cada quien con su vida.

¿La salud? Se escapa más rápido que el agua de un balde agujereado.

¿El gobierno? Puras cifras en las noticias y promesas eternas.

La vejez no te acaricia. Te golpea justo donde más duele: en las esperanzas.

Y yo saqué mis conclusiones. Durísimas, amargas, pero muy sobrias.


Conclusión 1: Los hijos no te salvan de la soledad.

Nos enseñaron a pensar:

“Cuando los hijos crezcan, la vejez será más suave. Ellos estarán ahí”.

Suena precioso. Pero la realidad es otra.

Los hijos tienen trabajo, créditos, deudas, sus propios hijos…

Y tú esperas una llamada como si fuera Navidad.

El teléfono puede quedarse en silencio semanas,

y luego llega un mensaje cortito:

“Hola, ma. Todo bien”.

Y tú te alegras porque están vivos, sanos…

pero el vacío no se hace más pequeño.

Entendí que los hijos son alegría, pero no son un seguro contra la soledad.

Conclusión 2: La salud no es eterna.

Antes yo caminaba bajo la lluvia o con frío.

Ahora pienso tres veces si realmente necesito salir.

La fuerza ya no es la misma.

Y un día entiendes que la salud no es el paisaje de fondo — es el capital principal.


Conclusión 3: La pensión y el dinero. Aquí no hay mucho que explicar.

La pensión no es vida — es supervivencia. Si te confías del Estado, tú solito te haces daño.

Años creí: “El gobierno no va a dejarme”. ¡Ja! Te deja. Y hasta te empuja.

Servicios, medicinas… y adiós.

Así que tuve que buscar nuevos pilares.

Y formulé mis reglas — no para soñar, sino para vivir. Así que a partir de YA… mis reglas serán duras


1. El dinero es más confiable que los hijos

No se ofendan, pero la verdad es clara:

Los hijos son amor.

La seguridad financiera eres tú mismo.

Conclusión: hay que ahorrar una mismo, aunque sea poquito.

Eso se llama libertad.


2. La salud es tu trabajo principal

Nada importa si no tienes fuerza para levantarte.

Caminar, hacer estiramientos, menos azúcar y menos sal — suena aburrido, pero funciona.

Las enfermedades no preguntan permiso,

pero sí visitan menos a quienes se cuidan.


3. La alegría es algo que tú construyes

Esperar es el enemigo. Esperas llamadas, atención, regalitos… y te decepcionas.

La felicidad hay que regalárselo una mismo: una cena rica, un buen libro, música que te guste. Saber disfrutar solo es la mejor vacuna contra la tristeza.

4. La vejez no es excusa para la debilidad

He visto a gente de mi edad convertirse en víctimas eternas.

¿El resultado? Hasta la familia se les aleja.

La debilidad no provoca compasión — cansa.

La gente respeta a quienes se sostienen, incluso cuando cuesta.


5. Deja el pasado y vive el presente

La trampa más peligrosa se llama “antes”.

Antes la comida sabía mejor, antes la vida era más barata, antes todo era más bonito…

Pero el “antes” ya no vuelve. Solo existe el “ahora”.

Y yo estoy aprendiendo a vivir hoy, no a esperar que el mundo regrese.

La libertad y la fuerza están en tus manos.

La vejez es un examen.

Nadie lo hará por ti.

O aceptas la vida como viene y creas nuevas reglas,

o te sientas en el sillón, te quejas y esperas que alguien llegue a rescatarte.

Pero nadie va a llegar.


Así que vive para que cada día sea tuyo.

Si quieres estudiar, estudia.

Si quieres viajar, viaja. Si quieres consentirte, consiéntete, porque este cuerpo no tendrá una segunda vuelta.



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