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"EL PINTONTLE"


¡Esta será noche de nahuales!-- Pensó Mauro, que bajaba por el camino pedregoso de aquel cerro.

Negros nubarrones cubren el cielo. Tarde plomiza pronta a oscurecer.

El viento levanta gruesos remolinos de polvo, que en espirales, asemejan gigantes guerreros prontos a luchar contra la tormenta que se avecina sobre el “paraíso,”nombre del pueblo, que algún bíblico habrá puesto pensando que algún día no muy lejano, sería la tierra del edén soñado.

El viento entre la nopalera y los magueyes. ¡Esta será noche de nahuales!-- Se repitió Mauro y echó a correr cuesta abajo. De pronto, el estallido de un relámpago lo hizo detenerse. “Dos veladoras, de las que tiene la imagen de la virgen del perpetuo Socorro, medio kilo de azúcar y un cuarto de café” - recordó Mauro- ¡chingada suerte, a buena hora se le ocurrió a la abuela mandarme!.

Apresura el paso.

Ya había oscurecido cuando Mauro llegó al río. Gruesas gotas de lluvia comenzaban a caer. “Cruzas el río por las piedras, no te vayas a meter al agua”-- Evocó el consejo de la abuela.

El viento azota el rostro de Mauro quien lucha con la incipiente corriente. “Cuando se suelte el aguacerazo de seguro se crece”- pensó cuando iba a la mitad. Lo frío del agua le calaba hasta los huesos. ¡Ya es hora Mauro! Creyó escuchar entre el aullido del viento... ¡Ya es hora Mauro, dame tu mano!- volvió a oír, ahora tan cerca como un zumbido, taladrándole los oídos. Por un momento se quedó quieto, buscó con la vista alguna explicación, pero nada, solo el viento y la lluvia chocando con el agua del río.

--¡A la jodida, es el aire!-- Murmuró al terminar de cruzar.

-“Dos veladoras, medio kilo de azúcar y un cuarto de café”- recitó al llegar al tendejón del viejo Absalón. De pronto, algo llamó su atención. Una luz que se colaba en el mostrador de tablas hizo que Mauro retrocediera asustado, sin embargo, la curiosidad venció su temor y se acercó. Lo que vio le dejó paralizado; su primer impulso fue correr, pero una mano que se posó en el hombro se lo impidió, era el viejo que regresaba de la trastienda.


¡Ja, Ja, Ja! ¡Ah que muchacho! ¿Pues qué no habías visto nunca una televisión? Mira nada más, pareces nixtamal crudo, toma, cómete este bolillo para el susto.
La mirada de Mauro seguía fija en el aparato. Alargó el brazo para tomar el pan que le ofrecía el anciano.

¡ Así me gusta mocoso!, ¡Los hombres no deben tener miedo!. ¿Oye, si te quedas un rato mientras pasa el aguacero?, Así sirve que me acompañas y la vemos juntos. Para don Absalón el pequeño incidente estaba resuelto, no era otra cosa que un chiquillo asustado por un aparato tan común, pero desconocido para él. En eso tenía razón, Mauro jamás había visto un televisor hasta ese momento.

Con el rabillo del ojo el anciano mira a Mauro, quien continuaba con la vista fija en la pantalla. Pero solo eso, la vista; por que su mente se encontraba tan lejana de ese lugar, las imágenes que vio en el aparato le bullían en el cerebro, lo acorralaban en un laberinto sin fin, lleno de sombras y voces ensordecedoras.

Hizo el intento de moverse, cuando escucho claramente que le decían: ¡Mauro, Mauro, Ya es hora!. Un fuerte estremecimiento le recorrió el cuerpo al sentirse sujetado por una mano.

¡Mauro!, ¡Mauro!... ¡Despierta!, ¡Ah que muchacho, pareces burro lechero, mira que dormirte parado! Que, ¿No te gusta la tele?, Tienes razón, a veces me duerme también. ¡A caray!, Ya son mas de las ocho, - dijo echando una mirada a su reloj de bolsillo- será bueno que te vayas. La lluvia ya bajo un poco, ten, aquí esta el azúcar, las veladoras y el café... estas galletas son para tus hermanos.- ¿hermanos?- la frase retumba en su mente.- “Tus hermanos” -. ¡Mauro!,¡Mauro! Despabílate muchacho. Le dices a tu abuela que no deje de avisarme como sigue tu mad... - El reflejo de unas luces que se dibujaron a lo lejos, hizo que el viejo cortara la frase- ¡ah chirrión! ¿Qué será aquello tú? Parece un carro ¿quien será a esta hora?- Mauro trataba de distinguir entre las sombras aquello que se acercaba- mira, es... es un carro negro... ya dobló por el camino. Parece una carroz..., - se detuvo arrepentido de lo que iba a decir.




¡Ave María Purísima!, ¡Anda muchacho!, Ya vete antes que arrecie más la tormenta. Toma llévale estas veladoras de mi parte a tu abuela, dile que se las encienda al santo señor de chalma para que le mande el alivio a tu mamá.--Un estremecimiento sacude a Mauro.

Ten cuidado con el carro, camina por la orilla lo más seguro es que sea algún despistado que no conoce el rumbo; en fin, ya regresará por donde entró.

Mauro camina apresurado, la luz de los relámpagos iluminan a intervalos el sendero-“de seguro no habrá luna”--pensó.

La lluvia y el viento se dejaron sentir con más fuerza, cimbrando a los frailes y pirules que, como fieles guardianes, se levantan imponentes a la orilla del río. Las parvadas de filomenas con sus graznidos nerviosos revoloteando las gigantes ramas de aquellos árboles y el aullido de los perros, forman un coro lleno de presagios. ¡Señal de muerte!- aseguran los abuelos-. Para Mauro todo esto no existía, ni siquiera el intenso frío. Su atención esta fija en el carro estacionado al final del camino, justo al borde del río. Repentinamente la tormenta y el viento pararon. Luego, un silencio largo, doloroso, se dejó sentir.


Nada perturbaba aquel silencio. Una espesa neblina se empezó a formar en el ambiente; aún así, Mauro pudo distinguir dos hombres. Uno de ellos le resulta tan familiar, que no quiso pronunciar el nombre para no herirse el pensamiento.

Detuvo bruscamente su paso cuando los hombres bajaron "algo" del carro, "algo" que Mauro ya no quería ver. Corrió hasta un pirul y trepó en él; Conforme ascendía, su corazón empezó a latir apresuradamente. Como una ráfaga de aire helado se repitió en su mente todos los sucesos que empezaron precisamente unas horas antes, cuando bajó del cerro a cumplir el encargo de la abuela. Se acomodó en una rama y cerró los ojos. No quería ver más, pues sabía bien lo que vendría; luego gritó con toda la fuerza que le daban sus pulmones.

¡Naaahual!....¡yaaa estoooy listooo!, Déjate veniiiir... ¡Aquí está mi mano chingadooo!...¡quiero mirarte la jeta!.

Fuertes espasmos lo sacuden. Su mirada se pierde en el infinito; una gruesa capa de espuma amarillenta escapa por sus labios. La delgada camisa empapada de sudor se pega en su cuerpo dejando notar su extrema delgadez- ¡vamos Mauro, dame la mano!- escuchó--. Abrió la boca para jalar aire y enseguida lanzó un último grito. ¡Abuelitaaa! --El eco retumbó por las cuatro paredes de la habitación en penumbras y enseguida escapó por la puerta que en esos momentos se abría. ¿Qué pasó, ya le hizo efecto la inyección?- Si doctor ya casi- respondieron en coro los dos hombres que levantaban aquel cuerpo flácido.- ¡Vamos muchachos! Llévenlo a la sala del electro shock es el único que falta. Ah, y no se les olvide cambiar los focos del pasillo cuatro, con la sesión de ayer, reventaron.

Esta noche, como cada semana, llega el psiquiatra a cumplir su rutina. Como cada semana desde 15 años atrás, Mauro siempre era el último. ¿Cuántos focos se fundirán hoy? Afuera la luna empezaba a salir.




Juan Manuel Guzmán

   Sierra de Hidalgo, invierno

1 comentarios:

Álvaro León dijo...

jajaja muy padre! me gusto! (Y)